El planeta celeste se aleja tras de mí a la vez que el astro rey se va haciendo cada vez más “real” delante mío, en el horizonte. Las tormentas solares, ráfagas de energía destructiva, van desgranando al meteorito poco a poco, pero consistentemente, continuamente, como una lima que va desgastando un fierro y cae el polvillo del metal haciéndolo parecer de arena. Este es mi principal problema.
La estela de la roca que va desfragmentándose me recuerda a la línea recta que dejaba mi bote en la calma de la bahía donde remaba, debajo de un majestuoso cerro. En esa época avanzaba sin pensar, siempre hacia atrás, hacia mis espaldas. Al llegar debajo de aquél cerro, inmenso desde donde se lo viera, no hacía otra cosa que quedarme atónito. Nunca tuve palabras para describir aquella sensación, mi pequeñez frente a lo gigantesco.
En este momento descanso en una pendiente, mirando la estela cósmica. No es recta, sino curva. Apenas perceptible. No miro hacia donde voy, sino de dónde vengo. He dejado a mi viejo y a mi infancia en aquél cometa que pasara hace 25 años; quizás sea este que volvió por mí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario