El sol está cada vez más cerca, y eso afecta mi “nave”, y me afecta a mi; la velocidad con que arremete el meteorito sónico aumenta a medida que nos acercamos al atro rey.
Amanece sobre Venus. Con un poco de suerte estaré uno o dos días sobre este planeta, azul como la Tierra. Un respiro parece renovar mis fuerzas. Aroma a infancia, eternidad, y despreocupación. La roca abominable me ha devuelto algo que había perdido, pero no me deja disfrutarlo o vivirlo, pues la velocidad angustiante a la que orbitamos no hace otra cosa que paralizarme. Todo pasa a través de mi mente. Quizás ese sea el problema. Quizás ese ha sido el problema durante toda mi vida.
Los zombies que habitaban la roca no sobrevivieron a la tormenta solar. Pero han quedado sus gritos de dolor, sus fantasmas ahora habitan la roca, se esconden durante el día en agujeros o debajo de las piedras, y salen por la noche aullando como lobos sin madre ni pradera, o como hombres sin calma.
La agonía de vivir sin haber visto, de ver lo que ya ha pasado, y el deseo inútil de volver hacia atrás. Ya no se puede. La roca es atraída hacia el magnánimo al que todo en el sistema solar pertenece. Todo ha salido del sol, y hacia allí “vamos” ahora.
No hay comentarios:
Publicar un comentario