Desde aquella época no dejé de mirar el cielo nunca más.
La relación entre la humanidad y los cometas está plagada de historias. Desde apocalipsis hasta fantasías sobre explotar meteoritos antes que choquen contra la Tierra. Nunca nada de eso ha pasado.
Mi historia con los cometas y meteoritos está más relacionada con la poesía. Desde mi primer amor, época donde le pedí un deseo a una estrella fugaz, pasando por mi visita al Cabo Polonio, lugar donde “vi” por primera vez el universo, hasta hoy, aquí y ahora, donde mi vida transcurre en un meteoro viajando por la galaxia, desde donde escribo este diario.
Desde entonces no he hecho otra cosa que mirar hacia arriba, y pedir deseos. Como si la “verdad” o el destino, esas grandes abstracciones absolutistas existieran. Como si desde “afuera”, algo o alguien tuviese el poder de cambiarlo todo.
Sin embargo, más allá de que ninguno de mis deseos jamás se cumplió –ni creo que vaya a suceder tal cosa-, mi visión poética del mundo no se ha modificado en nada, y es la que me ha salvado de esta tragedia, ya que es imposible haber sobrevivido todo este tiempo desde aquí arriba.
Júpiter se hace inmenso en el horizonte. Temo más a su poder destructivo que a otra cosa en este universo. Como si el mismísimo Zeus me estuviese esperando para azotarme volcánicamente, como si la gran tormenta roja estuviese preparada para absorberme.
Me abrazo fuerte a la roca que esta junto a mí. El miedo se apodera de mis sentimientos. Comienzan a desprenderse fragmentos salvajes de piedra cósmica, nos acercamos al gigante rojo a gran velocidad. Temo el peor de los finales. Puedo ver la tormenta con una gran panorámica, la veo moverse sólida, constante, y decidida. Mis ojos no pueden apartarse de ella, tan así que no pude percatarme que Titán estaba justo encima “nuestro”. La gravedad del satélite nos empieza a desviar, y de pronto, sin quitar los ojos de la tormenta, me veo mirando hacia atrás, donde Júpiter se esconde al horizonte. Hacía tiempo no veía un “atardecer” tan alentador.
La relación entre la humanidad y los cometas está plagada de historias. Desde apocalipsis hasta fantasías sobre explotar meteoritos antes que choquen contra la Tierra. Nunca nada de eso ha pasado.
Mi historia con los cometas y meteoritos está más relacionada con la poesía. Desde mi primer amor, época donde le pedí un deseo a una estrella fugaz, pasando por mi visita al Cabo Polonio, lugar donde “vi” por primera vez el universo, hasta hoy, aquí y ahora, donde mi vida transcurre en un meteoro viajando por la galaxia, desde donde escribo este diario.
Desde entonces no he hecho otra cosa que mirar hacia arriba, y pedir deseos. Como si la “verdad” o el destino, esas grandes abstracciones absolutistas existieran. Como si desde “afuera”, algo o alguien tuviese el poder de cambiarlo todo.
Sin embargo, más allá de que ninguno de mis deseos jamás se cumplió –ni creo que vaya a suceder tal cosa-, mi visión poética del mundo no se ha modificado en nada, y es la que me ha salvado de esta tragedia, ya que es imposible haber sobrevivido todo este tiempo desde aquí arriba.
Júpiter se hace inmenso en el horizonte. Temo más a su poder destructivo que a otra cosa en este universo. Como si el mismísimo Zeus me estuviese esperando para azotarme volcánicamente, como si la gran tormenta roja estuviese preparada para absorberme.
Me abrazo fuerte a la roca que esta junto a mí. El miedo se apodera de mis sentimientos. Comienzan a desprenderse fragmentos salvajes de piedra cósmica, nos acercamos al gigante rojo a gran velocidad. Temo el peor de los finales. Puedo ver la tormenta con una gran panorámica, la veo moverse sólida, constante, y decidida. Mis ojos no pueden apartarse de ella, tan así que no pude percatarme que Titán estaba justo encima “nuestro”. La gravedad del satélite nos empieza a desviar, y de pronto, sin quitar los ojos de la tormenta, me veo mirando hacia atrás, donde Júpiter se esconde al horizonte. Hacía tiempo no veía un “atardecer” tan alentador.
No hay comentarios:
Publicar un comentario