domingo, 21 de julio de 2013

El universo por primera vez

Desde aquella época no dejé de mirar el cielo nunca más.
La relación entre la humanidad y los cometas está plagada de historias. Desde apocalipsis hasta fantasías sobre explotar meteoritos antes que choquen contra la Tierra. Nunca nada de eso ha pasado.
Mi historia con los cometas y meteoritos está más relacionada con la poesía.  Desde mi primer amor, época donde le pedí un deseo a una estrella fugaz, pasando por mi visita al Cabo Polonio, lugar donde “vi” por primera vez el universo, hasta hoy, aquí y ahora, donde mi vida transcurre en un meteoro viajando por la galaxia, desde donde escribo este diario.
Desde entonces no he hecho otra cosa que mirar hacia arriba, y pedir deseos. Como si la “verdad” o el destino, esas grandes abstracciones absolutistas existieran. Como si desde “afuera”, algo o alguien tuviese el poder de cambiarlo todo.
Sin embargo, más allá de que ninguno de mis deseos jamás se cumplió –ni creo que vaya a suceder tal cosa-, mi visión poética del mundo no se ha modificado en nada, y es la que me ha salvado de esta tragedia, ya que es imposible haber sobrevivido todo este tiempo desde aquí arriba.
Júpiter se hace inmenso en el horizonte. Temo más a su poder destructivo que a otra cosa en este universo. Como si el mismísimo Zeus me estuviese esperando para azotarme volcánicamente, como si la gran tormenta roja estuviese preparada para absorberme.

Me abrazo fuerte a la roca que esta junto a mí. El miedo se apodera de mis sentimientos. Comienzan a desprenderse fragmentos salvajes de piedra cósmica, nos acercamos al gigante rojo a gran velocidad. Temo el peor de los finales. Puedo ver la tormenta con una gran panorámica, la veo moverse sólida, constante, y decidida. Mis ojos no pueden apartarse de ella, tan así que no pude percatarme que Titán estaba justo encima “nuestro”. La gravedad del satélite nos empieza a desviar, y de pronto, sin quitar los ojos de la tormenta, me veo mirando hacia atrás, donde Júpiter se esconde al horizonte. Hacía tiempo no veía un “atardecer” tan alentador.

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